Lo que más recuerdo de Chicago es la salida del cine. Podías ver a la gente conteniéndose para no bailar. Incluso los más severos enemigos del musical, los que sólo van para complacer a alguien más sucumbieron al jazz.
Creo que por eso perdonamos a Roxy Hart: porque eramos ella, porque cada uno de los que salimos del cine esa vez quería en cierta forma estar arriba del escenario (o al otro lado de la cámara) y por una vez no mirar.
Puede ser un musical acerca de un juicio, pero más que eso, Chicago es un musical acerca del espectáculo, un musical acerca del musical (es el momento en que confieso mi amor por la autoreferencia). Acerca del espectáculo como un juego entre el talento y el escándalo y sobre su oscuro vínculo con la celebridad.
Chicago es sin duda un gran espectáculo, pero hay más en ella que razzle dazzle. Si uno se fija bien, perecería que debajo del brillo, hay algo de verdad.
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